Deicidio
Parece ayer cuando éramos aún niños
jugando en un circo de sombras
e ignorábamos el mal que nos rodeaba.
Las paredes nos hablaban en un lenguaje
de cometas, las formas desaparecían
y se materializaban en otras formas.
Nuestras calles eran aquellas de la inocencia,
los parques estaban llenos de ilusiones
que se balanceaban en un columpio acariciado por el cielo.
La plaza de nuestra infancia se colmaba
de música celeste, gente riéndole a la luna,
enamorados que buscaban al amor entre los pastos.
Nada quedaba lejos, todo se podía hacer caminando.
Íbamos a caminar por el malecón de la esperanza
a ver caer el sol dentro del agua, como una enorme naranja.
Nos escapábamos del colegio para pedirle consejos a la mar,
gran oráculo de nuestro pasado, y de nuestro futuro,
en sus brazos húmedos, tibios a veces, fríos cuando enojada.
Jugábamos al fútbol después de nuestra diaria
cuota de escolasticismo, tal vez para limpiarnos el alma
de todas las contradicciones aprendidas.
Y esperábamos con el alma en las manos
que nuestras diosas lleguen en camélidos motorizados
aunque sea para verlas pasar, no nos atrevíamos a hablarles.
Pero un día todo cambió. Las murallas se hicieron más grandes,
hubieron pozos espontáneos, migraciones y aduanas, fronteras y lágrimas,
y no pudimos volver a atrás.
Nos dimos cuenta que no éramos mas que polvo y ceniza,
peces varados por la marea, una hojarasca de cerezo,
y nos dejamos llevar por el viento del invierno.
Los estertores de nuestra agonizante naturaleza despertaron.
De pronto nos convertimos en máquinas hechas en serie,
seres tatuados, partes de una gran rueda. Vidas patentadas.
jugando en un circo de sombras
e ignorábamos el mal que nos rodeaba.
Las paredes nos hablaban en un lenguaje
de cometas, las formas desaparecían
y se materializaban en otras formas.
Nuestras calles eran aquellas de la inocencia,
los parques estaban llenos de ilusiones
que se balanceaban en un columpio acariciado por el cielo.
La plaza de nuestra infancia se colmaba
de música celeste, gente riéndole a la luna,
enamorados que buscaban al amor entre los pastos.
Nada quedaba lejos, todo se podía hacer caminando.
Íbamos a caminar por el malecón de la esperanza
a ver caer el sol dentro del agua, como una enorme naranja.
Nos escapábamos del colegio para pedirle consejos a la mar,
gran oráculo de nuestro pasado, y de nuestro futuro,
en sus brazos húmedos, tibios a veces, fríos cuando enojada.
Jugábamos al fútbol después de nuestra diaria
cuota de escolasticismo, tal vez para limpiarnos el alma
de todas las contradicciones aprendidas.
Y esperábamos con el alma en las manos
que nuestras diosas lleguen en camélidos motorizados
aunque sea para verlas pasar, no nos atrevíamos a hablarles.
Pero un día todo cambió. Las murallas se hicieron más grandes,
hubieron pozos espontáneos, migraciones y aduanas, fronteras y lágrimas,
y no pudimos volver a atrás.
Nos dimos cuenta que no éramos mas que polvo y ceniza,
peces varados por la marea, una hojarasca de cerezo,
y nos dejamos llevar por el viento del invierno.
Los estertores de nuestra agonizante naturaleza despertaron.
De pronto nos convertimos en máquinas hechas en serie,
seres tatuados, partes de una gran rueda. Vidas patentadas.


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